Valores Éticos en la Sociedad

  • Publicado el: 16 noviembre, 2016
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Estamos en el seno de una sociedad occidental rica, con abundancia de bienes, con un miedo cada vez mayor a perderlos por culpa de los atentados terroristas que proliferan, una sociedad diversa y plural donde conviven diferentes formas de vida que para algunos merecen una igual consideración. El pluralismo de opciones de vida, actualmente en aumento, obliga a fomentar en las personas una actitud crítica que les ayude a discernir lo que es “bueno” de lo que se “malo”, los que les “conviene” de lo que ” no les conviene “. Ante esta disyuntiva se convierte en una escalada masiva de “fundamentalismos” que pretenden acaparar adeptos.

Los medios de comunicación y las tecnologías de la información y la comunicación van adquiriendo un poder excesivo en la transmisión de valores negativos: narcisismo, hedonismo, individualismo, delegar la responsabilidad a otros, el éxito sin esfuerzo, acoso a la dignidad de la persona , entre otros.

Así pues, desde una perspectiva global consideramos que uno de los motivos que hacen más conveniente ocuparse y preocuparse de los valores éticos y su práctica en la sociedad es el hecho de que los problemas más importantes que tiene planteados la Humanidad, en su conjunto, no son problemas que tengan una solución exclusivamente técnica y científica, sino que son situaciones que requieren una reorientación ética de los principios que las regulan. Las relaciones de la persona consigo misma y con otros pueblos, razas o confesiones, con su trabajo y con las formas económicas creadas y con su entorno natural plantean conflictos de orientación ética, que de una forma u otra tenemos que saber resolver.

Es conveniente que hagamos un esfuerzo para construir los propios criterios morales, razonando los, sin estar sometidos al conjunto de reglas que nos vienen impuestas por la sociedad en la que vivimos, aunque debemos tener presentes determinadas normas sociales que tenemos cumplir para no debilitar la convivencia. La ausencia de estos principios o normas personales que dan sentido a nuestra existencia suponen una fuente de malestar importante, por lo que, el mejor estilo de vida será aquel que facilite la respuesta a estos interrogantes.

Definimos valores como lo que no tenemos, pero que queremos, un horizonte de sentido, el motor de nuestra conducta, el centro de gravedad de nuestras vidas y que nos impulsa a vivir de la manera que lo hacemos. En cada momento histórico, en cada contexto, existen unos valores que se viven y se expresan con más intensidad. Hay que tenerlo presente.

Nos centramos, pero en un tipo de valores, los valores éticos, que se definen como aquellos que cumplen cuatro características: 1) dependen de la libertad humana -cada uno elige los valores que orientan su vida-, 2) son propios de los seres humanos y los constituyen como tales, 3) tienen pretensión de universalidad, y 4) si se transforman en conductas, la vida alrededor se vuelve más humana

No hay duda de que aprendemos valores a lo largo de toda la vida, porque vivimos en continua interacción con el contexto social y cultural. Nacemos en el seno de una familia. Desde muy pequeños tenemos amistades que, mientras nos hacemos mayores, determinarán nuestra manera de ver el mundo y de construir nuestra matriz de valores.

Por lo tanto, aprendemos valores en las diferentes actuaciones de la vida cotidiana: a) a través de la observación de “modelos” (ciertos miembros de nuestra familia, profesores, personajes de los medios, entre otros); b) de las vivencias experimentadas -donde afloran sentimientos y emociones que contribuyen a interiorizar valores- y c) de la reflexión individual -hemos de pensar sobre nosotros mismos, sobre qué pensamos, deseamos y hacemos-. Estas tres vías de aprendizaje de valores confluyen con el objetivo de facilitarnos la construcción racional y autónoma de los mismos.

Somos partidarios de que las personas debemos construir nuestros valores de manera racional y autónoma, con el bien entendido de tener que pasar por un período heterónomo, donde han sido nuestros progenitores los encargados y han tenido la obligación moral de proporcionarle nos orientaciones o guías de valor. Pero debe llegar el momento en que nosotros decidimos entrega, sin coacciones. Debemos saber que no todo es igualmente bueno o malo, que existen diferentes posibilidades basadas en el uso de la razón, el diálogo y el consenso. Desde esta perspectiva, hay que distinguimos tres criterios a la hora de plantearnos una práctica de valores éticos:

1 – AUTONOMÍA: tenemos que conseguir ser personas autónomas en la forma de pensar, de sentir, para que no nos dejemos presionar por el grupo o por la mayoría;

2 – DIÁLOGO: que sepamos dialogar, no simplemente escuchar al otro y pensar, sino abiertas a lo que el otro dice, dejándonos convencer en algunos momentos; no deberíamos querer ser personas encerradas y que tenemos la razón suprema.

3 – RESPECTO o tolerancia activa, porque lo que tenemos que hacer es darnos cuenta de que hay otras personas que piensan de forma diferente a la nuestra, que son diferentes físicamente, que tienen otros gustos y que se diferencian de nosotros en muchas otras cosas. La tolerancia activa no significa aguantar: “yo aguanto el otro, porque no tengo más remedio”. Nosotros no le queremos dar este sentido: la tolerancia activa consistiría en darle una oportunidad al otro por ser como es.

A partir de estos tres criterios es posible llegar a otros valores como la apertura hacia los demás, el respeto a los Derechos Humanos, el valor de la crítica constructiva, entre otros.

Así pues, podemos plantearnos una práctica de valores éticos que comporte una reflexión individual y colectiva para enfrentarnos críticamente a realidades como, por ejemplo, la violencia, la guerra, el racismo, la xenofobia, las injusticias , la corrupción, etc. Este análisis crítico de la realidad cotidiana, y de las normas sociomorales vigentes nos ayudan a pensar formas más justas y adecuadas de convivencia, acercándonos a hábitos y conductas más coherentes con los principios y normas que ha construido. En la medida en que vamos aprendiendo a orientarse en situaciones de conflicto de valores, estos valores se convertirán en el motor de transformación, de cambio social, de emancipación y optimización personal y colectiva.

Desde esta perspectiva, defendemos una educación que contemple las consecuencias universales que pueden derivarse de determinadas acciones que afectan a la persona ya la colectividad, una educación que fomente el desarrollo de las “virtudes públicas”, públicas para que el ámbito de la moral es el de las acciones y decisiones que tienen una repercusión en la colectividad o que son de interés común. Estas “virtudes públicas” hacen referencia a la justicia -los derechos de igualdad y la libertad- que debe ser el fin de toda sociedad democrática.

Pero, además, las personas que quieren y buscan la justicia en su contexto sociocultural necesariamente deben ser solidarias, responsables y tolerantes. Es por ello que la educación en valores no debe limitarse al ámbito de la moral privada o individual, sino que debe orientarse también a considerar la moral colectiva o pública, el civismo. Por lo tanto, junto con el desarrollo de la autonomía personal, se pretende el desarrollo de formas de razonamiento práctico y de principios de valores comunes.

Esta concepción pretende incidir tanto en la dimensión cognitiva, afectiva, como en la dimensión de la conducta, incorporando aspectos como el esfuerzo, la perseverancia, el autocontrol o la autorregulación de la conducta, aspectos del todo necesarios para que la persona llegue a construir un modo de ser realmente desea