Los Valores Laborales y del Trabajo

Cuando relacionamos trabajo y valor, nos podemos referir al valor del trabajo, ya sea considerado en sí mismo en términos absolutos o bien en comparación con otros valores en términos relativos (atendiendo a su rango en una escala jerárquica). También podemos pensar en el mundo laboral como escenario de la emergencia (puesta en escena) de otros valores (competitividad, lealtad, control, cooperación, solidaridad, lucro, justicia, identidad, autonomía, autoexpresión, etc.).

El grado de importancia que damos al trabajo en nuestras vidas, así como los valores sociales que asumimos mediante la socialización, determinan la elección de carrera y de oficio, la conducta organizativa, el enfrentamiento de las condiciones de trabajo, de la situación contractual y del clima laboral, la implicación en la tarea, la motivación para trabajar, la satisfacción con el empleo concreta, las explicaciones sobre el desempleo, etc.

En la medida en que la felicidad (y sus sinónimos, como el bienestar, la satisfacción, la calidad de vida, etc.) se convierte en el valor final por excelencia, el trabajo tiene un valor (instrumental) determinado por el grado de su contribución específica al logro éxito de aquel estado ideal de existencia. Sin embargo, el valor psicológica y socialmente asignado a la actividad laboral en cada circunstancia sociocultural específica no se reduce a la pura conclusión de un silogismo o al simple resultado de una regla de tres: es el efecto combinado de un proceso complejo y con muchas variables en las que destaca, en primer lugar, el componente económico.

La civilización capitalista industrial no sólo ha entronizado el trabajo como valor de cambio por excelencia, sino que ha economizado esta actividad hasta la médula, impregnándola de connotaciones axiológicas relacionadas con criterios como los de escasez, necesidad, interés, utilidad, intercambio, mercado, productividad, eficiencia, competitividad, rentabilidad, etc.

En el plano ideológico, la perspectiva inducida por la mentalidad moderna y por la filosofía de los valores confiere al trabajo la apariencia de realidad natural, ubicua y eterna, facilitando la adopción de esta como una especie de valor universal de aceptación y aplicación obligadas; lo que a su vez deriva en la condena cultural del no-trabajo (voluntario, en la holgazanería, involuntario en el desempleo estructural) como un contravalor moral.

Por otra parte, se hace una transición de la categoría a la anécdota, mediante la reducción del trabajo en general a la modalidad específica del trabajo asalariado, que conlleva, de hecho, la equiparación “trabajo igual a empleo”, con la consiguiente inclusión en el campo semántico del trabajo de criterios definitorios como los de compraventa de fuerza laboral, de contrato mercantil y de actividad pública remunerada salarialmente. Como contrapartida de este proceso, otras actividades trabajosas relevantes, como las tareas domésticas o las desarrolladas con carácter voluntario, quedan excluidas de este mundo del trabajo propiamente dicho. Así, en definitiva, el trabajo valorado -el valor trabajo- se reduce exclusivamente a un tipo de actividad generadora de valor (económico) y susceptible de intercambio mercantil.