La Ética Deliberativa

De todas las propuestas filosóficas actuales para fundamentar las decisiones morales, la ética deliberativa es, a pesar de las limitaciones que señalaré más adelante, el procedimiento que parece ofrecer más garantías para no caer en el fundamentalismo ni el relativismo de la razón, ni en la pasión de los sentimientos.

Esta ética, que podemos relacionar con la ética discursiva o dialógica estudiada especialmente por Karl Otto Apel y Jürgen Habermas, se basa, como su nombre indica, en la acción comunicativa de las personas y parte de una cuestión básica: la razón no se puede entender en términos de subjetividad, sino que hay que concebirla en términos de intersubjetividad. La razón no es algo «puro» y «trascendental» (Kant) con el que se relaciona el «yo pienso» solitario (Descartes), sino algo «impuro» en el que nos movemos a lo largo del diálogo histórico que somos (Hegel) . La razón entendida en términos de intersubjetividad, de diálogo, lleva también a relacionarnos de otra manera con la verdad. La verdad ya no puede ser entendida como algo a descubrir por el sujeto, sino a construir por una comunidad dialógica (por ejemplo la comunidad científica de un momento histórico concreto).

La ética deliberativa, también llamada procedimental, es un proceso abierto y dinámico de investigación y construcción cooperativa de la verdad que permite incorporar diversas teorías éticas en el proceso de deliberación. El ágora puede ser un grupo de expertos en ética, pero debería ser, también y sobre todo, el equipo de profe sionales que incorpora la reflexión ética como un aspecto importante de su análisis e intervención.

En esta ágora deliberativa, sin embargo, no todo vale ni todas las opiniones y argumentaciones acabarán teniendo el mismo peso. Hay siete normas que los participantes en un grupo de análisis de cuestiones éticas deben comprometerse a cumplir y que el coordinador del grupo debe hacer respetar: (i) tener una actitud de reconocimiento y cortesía, (ii) perseguir que todos los afectados participen en la conversación y puedan estar de acuerdo con la decisión final que se debe tomar, (iii) moverse en el ámbito de los argumentos (lo cual no quiere decir que las creencias de aquellos que no tienen argumentos deban despreciar), (iv) seguir un procedimiento, (v) a través del cual se impondrá el mejor argumento, (vi) siempre que sea necesario hacerlo, (vii) con compasión hacia aquellos que se ven maltratados por esta imposición.