La Bioética y sus Cuatro Principios

La primera noticia que tenemos de la palabra bioética se remonta al 1927, en un artículo sobre la relación entre el ser humano, las plantas y los animales del pastor protestante alemán Fritz Jahrper. En 1970, el bioquímico estadounidense Rensselaer van Potter lo empleó en su artículo «Bioethics: The Science of Survival», que un año más tarde se convertiría en libro (Bioethics: Bridge to the Future). En esta obra, Potter da al término bioética un sentido mucho más amplio de lo que tiene ahora, considerando que es una ciencia “para la supervivencia del hombre y la mejora de su calidad de vida” que debe permitir transformar el destino del planeta y de la humanidad.

En 1978, la Comisión nacional para la protección de sujetos humanos en la investigación biomédica y del comportamiento de EEUU (la National Commission for the protection of Human Subjects of Biomedical and Behavioral Research) hizo público el informe “Principios éticos y pautas para la protección de los seres humanos en la investigación». Este informe, conocido como Informe Belmont por el nombre del Centro de Conferencias Belmont, donde el documento fue elaborado, señalaba tres principios éticos básicos: el principio de respeto a las personas, de beneficencia y de justicia. Estos tres principios, decía el informe, «sirven de base para justificar muchos de los preceptos éticos y las valoraciones particulares de las acciones humanas y se aceptan de manera general en nuestra tradición cultural». Pocos meses después, Tom L. Beauchamp, que era miembro de la comisión que había redactado el informe, y James F. Childress, publicaban Principios de ética biomédica, en la que señalaban y definían cuatro principios, que se han convertido en clásicos en el ámbito de la bioética: respeto a la autonomía, no maleficencia, beneficencia y justicia, que se definen y diferencian de la siguiente manera:

Respecto a la autonomía. «Respetar a un agente autónomo implica, como mínimo, asumir su derecho a tener opiniones propias y a elegir y realizar las acciones que quiera a partir de sus valores y creencias personales. Este respeto debe ser activo y no sólo una actitud. Implica la obligación de no intervenir en los asuntos de los demás y también asegurar las condiciones necesarias para que la elección pueda ser autónoma, alejando los miedos y todas aquellas circunstancias que puedan dificultar o impedir la autonomía. »

No maleficencia. «El principio de no maleficencia obliga a no hacer ningún daño intencionadamente. En ética médica, este principio está íntimamente relacionado con la máxima primum non nocere: Primero de todo, no hacer daño ‘. »

Beneficencia. «No hay una ruptura clara en el continuum entre no hacer daño y ofrecer un beneficio, pero el principio de beneficencia necesita más implicación que el principio de no maleficencia, porque hay que dar pasos positivos para ayudar a los demás y no sólo abstenerse de realizar actos perjudiciales. A veces se utiliza el término no maleficencia de una manera amplia para referirse también a la prevención ‘del mal’ y en la supresión de las condiciones lesivas. Pero he aquí que la prevención y la supresión requieren actos positivos para beneficiar a los demás, y por lo tanto pertenecen a la beneficencia más que a la maleficencia. »

Justicia. «Los términos equidad, mérito (lo que se merece) y titularidad (aquello a lo que se tiene derecho) han sido usados ​​por varios filósofos en el intento de explicar la justicia. Todas estas explicaciones interpretan la justicia como trato igual, equitativo y apropiado atendiendo a lo que se debe a las personas o es propiedad de ellas. […] Quien tiene una exigencia válida basada en la justicia tiene un derecho y por tanto, se le debe algo. Así pues, una injusticia implica un acto erróneo o una omisión que niega a las personas beneficios a los que tiene derecho o que falla en la distribución justa de las cargas. »