Ética de la Complejidad

  • Publicado el: 5 octubre, 2017
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El gráfico que acompaña estas líneas resume el panorama que iremos describiendo. Debe interpretarse como un mapa, en el centro se encuentran las personas que quieren hablar sobre la cuestión ética que les preocupa; por ejemplo, una reunión de equipo de profesionales. Este espacio deliberativo constituye la primera teoría ética que consideraremos: la ética deliberativa.

En la deliberación, sin embargo, el grupo no parte de cero, no hay que inventar o ponerse siempre de acuerdo sobre los valores, los derechos y los deberes que hay en juego y que se proponen hacer respetar o que debe tener en cuenta. Las personas que participan en la conversación ya disponen de unos valores, derechos, deberes y principios morales que les han sido transmitidos y que, por decirlo así y tal como refleja el gráfico, los rodean (en parte) y señalan hacia donde deben dirigirse o los límites que no pueden traspasar. La filosofía moral que defiende esta forma de actuar son los fundamentos y procedimientos de la ética principialista o deontológica.

Pero -y continuando con la metáfora que permite el dibujo- no sólo nos rodean principios morales a seguir, sino también las consecuencias que tienen o pueden tener nuestras decisiones y actos.

Para la ética consecuencialista y utilitarista, lo que está bien o mal no lo determina los principios morales, sino los resultados. Las cosas están bien o mal en función de la cantidad de bien o de mal que provocan o pueden provocar.

La ética principialista o deontológica y la ética consecuencialista o utilitarista se mueven en el ámbito de la razón, en el ámbito que hemos llamado de una forma general ética dilemica. Pero, como hemos visto, la ética no se agota en la razón. Primero porque incluso las razones se mueven por sentimientos, por creencias, por voluntades. Y segundo porque la moral es también un acto de religion, que nos une a los demás y en la totalidad de la que nos separa en la aventura humana de la individualización, de la construcción de un yo solitario y autónomo. Y este enlaza con los demás no es sólo o principalmente una necesidad política, un contrato social para la supervivencia o la mejora social al que nos guía la razón, sino también el descubrimiento del hecho admirable de la experiencia del otro y del mundo. Si el imperativo de vivir juntos se muestra principalmente a través de las estructuras políticas, la razón y la moral, el milagro de vivir juntos lo hace a través de la estimación y la ética.

Finalmente tenemos «nuestra época», este ser-en-un-mundo que nos da lenguajes, verdades, ocupaciones, intereses, afectos, esperanzas, capacidades, modos de abordar las cuestiones éticas … que configuran «nuestro mundo». Nos sabemos en una deriva temporal en la que construimos un espacio habitable. Y como ya tenemos suficiente perspectiva histórica y geográfica para saber que las normas morales de estos espacios habitables cambian, nos tenemos que aferrar sabiéndonos en esta contingencia.